miércoles, 29 de febrero de 2012

Marathon vs. Quebrantahuesos


Maratón donostiarra
Discusión habitual entre atletas y ciclistas: ¿qué prueba es más dura, el maratón o la Quebrantahuesos?. La extraña distancia del maratón, 42.195 metros, tiene su origen en los JJ.OO. de Londres de 1.908, en el maratón que discurría entre el Palacio Real de Windsor y la meta situada en el estadio de White City, separados exactamente por esa distancia de 42.195 metros. La Quebrantahuesos es una prueba ciclista que parte de Sabiñánigo, atraviesa los puertos de Somport, Marie Blanche, Portalet y Hoz de Jaca, y vuelve a Sabiñánigo tras haber recorrido 205 kilómetros, superando un desnivel total de 3.500 metros.

En un maratón calculan un consumo de unas 3.000 calorías, y en la Quebrantahuesos la cifra asciende a unas 3.500. Naturalmente estas cifras son meramente orientativas, pues están muy condicionadas por el peso, el ritmo, el entrenamiento, etc. Hay que tener en cuenta, además,  que el maratoniano repone en la carrera una cantidad muy limitada de líquidos, mientras que el ciclista se mete una apreciable cantidad de alimento sólido y líquido (sobre todo, algunos. Yo he visto a cicloturistas meterse una cazuela de albóndigas!)

Quebrantahuesos. Subiendo Somport
¿Qué prueba es más dura? Yo, que he participado en ambas pruebas –a ritmos de atleta popular (2h. 59m.) y cicloturista (7h. 15m.)- diré que es más duro el maratón. Mientras que la bici tiene muchos momentos de recuperación –las bajadas, los kilómetros que vas metido en un grupo, las paradas…- el maratón solo te permite descansar en la meta. Y el muro del maratón, ese mazazo que puede aparecer después de 30 ó 35 kilómetros, es más imprevisible que la “pájara” ciclista. Muscularmente el maratón te deja muchísimo más tocado que la bici, donde lo que se produce es un cansancio muy repartido acompañado de una cierta flojera.

En ambas pruebas, como en toda competición, hay dos factores comunes y subjetivos: la capacidad de sufrimiento y la ambición. Sobre la primera, yo he visto en una Behobia a Luis Yerga, excelente fondista guipuzcoano, caerse extenuado –no detenerse, caerse- frente al Victoria Eugenia, levantarse y a duras penas terminar la prueba. Sobre la segunda, la ambición, una anécdota que cuentan de Eddy Merckx: en una Vuelta, en Asturias, sprintó para ganar lo que pensaba que era una meta volante… y era una pancarta del entonces ilegal Partido Comunista.


martes, 28 de febrero de 2012

Ha estallado la paz


Me escribe un amigo, y para encabezar el comentario tomo el título prestado, nada más, de la tercera novela de Gironella sobre la guerra civil (antes había publicado “Un millón de muertos” y “Los cipreses creen en Dios”). Dice lo siguiente:

Aquí no estábamos en guerra pero ahora estamos en paz. Ha bastado con que quienes mataban dejaran de hacerlo, ya ven que sencillo. Aunque nos dicen que para que la paz sea completa todos tenemos que dar pasos. Subrayo: todos, pasos… Y yo, que estoy dispuesto a dar los que haga falta –al fin y al cabo, ¿qué son unos pasos más para un veterano korrikalari?-, me pregunto: ¿qué pasos he de dar si nunca disparé, ni secuestré, ni amenacé, ni coaccioné, ni alenté, ni siquiera disculpé a los que lo hacían? Eso yo, sin cicatrices en la piel. ¿Y una víctima?

lunes, 27 de febrero de 2012

Grândola, vila morena


Se han cumplido 25 años, exactamente el 23 de febrero, de la muerte de José Afonso, uno de los más populares cantantes portugueses. Años antes, a las 0,25 horas del 25 de abril de 1974, Radio Renascença retransmitía su canción “Grândola, vila morena”, la señal convenida para que el Movimiento de las Fuerzas Armadas iniciase la Revolución de los Claveles, un levantamiento militar que en pocas horas derribaría a la dictadura salazarista, la más veterana de Europa.

Desde España se miraba con indisimulado interés –según quién, con temor; según quién, con esperanza- el desarrollo de la vecina revolución. Para el gobierno español, el que no se vertiera una sola gota de sangre no disminuía un ápice la inquietante imagen que proyectaba el levantamiento coordinado por Otelo Saraiva de Carvalho. El general Antonio de Spinola fue nombrado Presidente de la República y Portugal inició su andadura democrática hasta hoy.

La Revolución de los Claveles puso brillo en la mirada de la gente, transformando la resignación en esperanza, pero Jose Afonso era quien antes había puesto letra y música a esa esperanza: Em cada esquina um amigo, Em cada rosto igualdade, Grândola, vila morena, Terra da fraternidade….

Si sumergirse en cualquier local de la Alfama para escuchar fados es la mejor manera de aproximarse a ese fatalismo, a esa melancolía que impregnan las calles lisboetas, escuchar la canción de Jose Afonso es la forma más bella de entender la Revolución de los Claveles.

Fue una hermosa manera de iniciar la revuelta, por más que los sueños y la poesía no suelen encontrar fácil acomodo en los tratados políticos. Así, la revolución acabó comiéndose a algunos de sus hijos, como al propio Saraiva, y la democracia tampoco fue demasiado generosa con símbolos como el cantante. Hace unos pocos años, un día que caminábamos por un suburbio perdido de Lisboa nos topamos con una calle marginal, sin asfaltar. Era la calle Jose Afonso.


viernes, 24 de febrero de 2012

Ochagavía (y III)


Imagen de la noticia
Los danzantes en Muskilda (Diario Navarra)

Las fiestas de Ochagavía se celebran el 8 de septiembre. Una fecha deseada y temida. Deseada, pues las fiestas suponían más gramos de comida y de permisividad, más propinas, música y danzantes. Por la mañana se subía a la ermita de Muskilda, los chavales corriendo, sorteando los arbustos de boj de los alcorces y espantando algunas cabras, y a las noches nos extasiábamos con los fuegos artificiales: unas ruedas de petardos que giraban sujetas a un poste hasta consumirse y que llenaban el pueblo de chispas, de ruido, de humo y del inconfundible olor a pólvora. Era un paréntesis, una ruptura pactada con la austeridad del resto del año. Pero también una fecha temida, decía, porque significaba que el verano tocaba a su fin.

Unos días después madrugaría de forma inusual –antes de las siete de la mañana- para coger la Salacenca y volver a San Sebastián. Y a esa hora, mientras el pueblo comenzaba a desperezarse, yo me acurrucaba en el asiento del autobús preso de una enorme sensación de soledad. Me sentía arrancado por la fuerza de mi hábitat, separado por fuerza de mis amigos, de mi bicicleta y del trozo del río donde nadábamos. Echar cuentas de los meses que me quedaban para volver, era hundirme en la desesperación. San Sebastián me parecía una ciudad prescindible, inhóspita. Por fin, el autobús arrancaba y atravesaba el pueblo a poca velocidad. Cuando cruzaba el puente de San Martín y comenzaba a acelerar, justo donde se forma el río Salazar, yo volvía invariablemente la cabeza para ver encogerse las casas del pueblo.

Cuando las perdía de vista, al pasar junto al cementerio, no me veía con fuerzas de sobrevivir hasta junio del siguiente año. Había dejado el verano en Ochagavía y, unos pocos kilómetros después, sentía que el otoño había irrumpido en mi ánimo de forma demasiado súbita, dejándome desarbolado.


jueves, 23 de febrero de 2012

Ochagavía (II)


Pamplona pertenecía a otro universo, por más que un autobús -la Salacenca- cubriese el trayecto a diario. Ninguno de mis sueños llegaba hasta allí. Era el extranjero, la ciudad ajena a donde cada curso se desplazaban docenas de seminaristas a estudiar lo que yo pensaba que era algo sublime y luego me enteré que no era más que formación profesional.

Ochagavía disponía de todo lo que un niño puede demandar. Menos futuro. Así que me vi trasladado a San Sebastián a construirlo. Pero regresaba al pueblo al comienzo de cada verano. Y lo hacía nervioso, con una ansiedad amasada durante todo el invierno. Ochagavía era la vuelta a la libertad.

Las primeras noches dormía con sobresaltos, hasta acostumbrarme de nuevo al ruido constante del río y al esporádico de las campanas de la iglesia, que señalaban los cuartos y las horas. Pero me despertaba alegre. Allí, de nuevo era dueño de mi tiempo. Un día daba para todo, para jugar en el frontón, para bañarse, para ir en bici a Ezcaroz o a Izalzu, para pescar chipas, madrillas o truchas… También para encender los primeros pitillos y para fijarse en las chicas que, como yo, iban a pasar el verano, y que las denominábamos “las veraneantas”. Al anochecer, nos juntábamos chicos y chicas para reírnos y hacer planes. Ya queríamos jugar a ser adultos.

Mis padres permanecían en San Sebastián, y la tía con la que convivía en Ochagavía era una mujer moderna –incluso hoy lo sería-, lo que le dotaba de un cierto exotismo. Ahora, viéndola en la distancia, diría que era una mujer librepensadora, que toreaba con la necesidad y practicaba una religión prêt à porter. Si el párroco era un remedo rural y tosco de Pío XII, mi tía era comparable a Juan XXIII. Murió hace muchos años, cuando yo era ya adulto. Se sorprendería si supiera que todavía le sigo estando agradecido.


miércoles, 22 de febrero de 2012

Ochagavía (I)


Para Bittor Aldabe, de Yabar.

Si la patria de cada cual es su niñez, Bittor, la tuya será Yabar y la mía Ochagavía. Entre sus dos pequeños ríos, el Anduña y el Zatoya, y sobre sus calles empedradas fui naciendo. A la vida y a lo nuevo. Ochagavía, no lo había dicho aún, es un encantador pueblo de la montaña navarra. Pequeño, pero suficiente para albergar todas las fantasías que la fertilidad de un chaval es capaz de fabricar.

La inocencia de la niñez nos ocultaba que eran tiempos de necesidad. Y de rigidez. Dos condimentos inadecuados para hacer digerible la felicidad. Pero lo éramos –felices- pese a todo. Pese a la religión, encarnada por un párroco que extendía un manto de miedo y culpa por todas las esquinas del pueblo. Y pese a unos inviernos durísimos, que nos llenaban de sabañones y nos enseñaban que el hogar sería el refugio donde siempre estaríamos a salvo. Inviernos blancos, en los que el río se helaba y el pueblo quedaba desierto de su fauna habitual de personas y animales.

En las cocinas de las casas –la única estancia habitable- los pucheros hervían repletos de berza y patatas, empañando los cristales y esparciendo su olor penetrante hasta la calle. De vez en cuando, los chavales éramos requeridos para subir unas brazadas de leña del establo, y se nos retribuía con una tajada de pan cubierta con tocino frito. Al anochecer, un frío polar recorría las calles, y los únicos signos de vida eran las farolas, cuya luz mortecina servía para alumbrar poco más que un pequeño círculo a su alrededor, y el humo que escapaba de todas las chimeneas. Desde entonces, el simple olor de leña quemada constituye un alfilerazo a mi desmemoria.

martes, 21 de febrero de 2012

Cosas veredes, Sancho

Un artículo de opinión de Iñaki Galdos en el DV –seguido por una breve trifulca entre ex-compañeros de partido- ha servido para enterarnos de que un parlamentario de Amaiur en Madrid es miembro numerario del Opus Dei.

Tenía para mí que esto del Opus era como una sociedad casi secreta, y también poderosa, sí, y también conservadora, claro. Una suerte de logia masónica, vaya. Y me ha cogido de sorpresa –¡a mis años!-. Porque de imaginarme a alguien del Opus Dei habría pensado en un hombre mayor, contenido, adinerado y muy de derechas, con el escapulario bajo la camisa de seda y, quizás, el cilicio colgado en una percha del armario junto a las corbatas de seda. Nunca en un dirigente de la izquierda abertzale. Ya ven mi error.

El fundador del Opus Dei fue José María Escrivá de Balaguer –hoy Sanjosemaría (sic)- un sacerdote de aspecto líquido que, sin embargo, debía encandilar a sus seguidores. Decía cosas tan chirenes como: “Sé recio. Sé viril. Sé hombre. Y después… sé angel”. Y como a tantos otros colegas suyos, le encantaba dar consejos sobre el noviazgo y el matrimonio. Hmmmm… Esa fijación.